Sirven a la iglesia y a los sacerdotes, en soledad y por fe. Los seis piensan que están solos en esto, que son los últimos sacristanes

Está solo y si hablara su voz retumbaría en la inmensidad de la armonía y la paz. Camina rápido rompiendo el silencio contra el mármol, entre frías columnas de piedra, velas llameantes, rostros inertes de escayola y bancos de madera. Concha parió hace 59 años al sacristán de Aldea del Rey, a Francisco, Paco o Paquito, depende de quien lo llame y de para qué. Tuvo a un ángel, al hombre que no hace arruga, que se mueve de un lado a otro atravesando la luz más pura, con sotana negra y roquete blanco. «Todos mis hijos son muy buenos, pero él es un ángel».
Paco no habla bien y apenas sabe escribir, pero su dicción entrecortada e incompleta la suple con unos ojos que expresan las palabras que de su garganta son incapaces de salir. «No conoce el rencor, no sabe lo que es el odio y no gasta miedo», dice su madre de él, del mayor de sus cuatro hijos, un «ser especial» al que visitó demasiado pronto la sombra más cruel de la enfermedad. En su cuna, con sólo 18 meses, le asaltaron unas fiebres imposibles de contener. «Yo estaba en la vendimia y el pobre mío sufrió un ataque epiléptico y se quedó sin habla y casi sin poderse mover ¡Pero ahora míralo, está hecho un rey!»
El rey de la calle de la Iglesia está a punto de cumplir los 60, vive con sus padres justo enfrente de San Jorge Mártir. Sonríe sin mesura, mira profundo y sin parpadear y acompaña cada una de sus respuestas con un «!Venga, qué más!» Paco es uno de los últimos sacristanes que quedan en los templos de esta provincia. Su oficio, más antiguo que el comer, está prácticamente extinguido aunque alguno queda que pone su tiempo y su fe al servicio de la falta de vocaciones.
Son cabales en lo que hacen. Abren y cierran las puertas de la casa de Dios, encienden cirios, limpian, sirven las misas, guardan la ropa, preparan las escrituras, pasan el cepillo y cantan, todavía alguno en latín. Conocen el lenguaje de las campanas con las que tocan a difuntos, a la alegría de laudes y a las misas de mañana y tarde, antes lo hacían colgándose de cuerdas y ahora pulsando un interruptor en la pared. Son la mano derecha de los sacerdotes, los que permanecen cuando ellos se van, los que harán los comienzos más fáciles a los que están por llegar. Ser sacristán es un acto de fe, esa bondadosa rutina que sucede cada día en las vidas de Paco, Gabriel, Pilar, Pedro, Mari Carmen y Lorenzo. Se mueven en la luz, el silencio y el recogimiento y todos piensan que están solos en esto, que son los últimos sacristanes.

Paco tarda, pero dentro de su dificultad se explica bien. En una habitación estrecha, de sólo una ventana pequeña con vistas a la iglesia, en la que cabe una mesa redonda con faldas, cinco sillas, una televisión y estampas de la Virgen, los santos y fotografías de la familia, están Concha, Paco y su padre Pantaleón. Empezó de monaguillo a los 12 y de sacristán a los 16 con José Luis Golderos, el cura que había entonces en Aldea y que le enseñó a descifrar la hora en el reloj, que confió en él, que le dijo a su madre si el me entiende y yo lo entiendo qué más vale que todo eso. El que instruyó a Paco en el oficio y el que le regaló una de las dos sotanas negras que el sacristán todavía guarda como oro en paño en una percha, en un armario antiguo de la sacristía.
Don José Luis fue al colegio del pueblo a buscar monaguillos, entonces se solía elegir a los niños que tenían alguna enfermedad o discapacidad, para darles aliento, un quehacer. «Mi Paco casi no podía hablar y se movía con dificultad, por eso yo no quería, y me dijo Don José Luis ¿es que te da vergüenza que tu hijo lleve la Santa Cruz? y le dije no, porque eso no era afrenta ninguna, era miedo por él». El párroco le pidió a Concha sólo tres meses con Paquito para probar y 47 años lleva ya como sacristán.
Ella habla de su hijo con absoluta devoción, él la mira con verdadero amor. «Paco nos ha hecho muy felices, para mí los cuatro son iguales, pero cuando tienes un hijo que está mal te vuelcas más». La iglesia ha sido su escuela, su logopeda y su única ocupación, su barca de salvación. Es religioso, reza a su luz, al patrón, le pide salud. La primera vez que tocó las campanas fue a difuntos por la muerte de Eloisa, no se le olvida. Tampoco el lugar donde guarda la gran llave de hierro de la iglesia que le regaló al irse a otro destino el párroco Don Miguel. Cada cambio de cura una nueva cerradura y una nueva llave para cada centinela.
Una institución

Pedro sabe latín. Es el sacristán de sacristanes. Su padre le enseñó el In nomine patris, et filii, et spiritus sancti y por eso la misa entera es capaz de cantar así, de principio a fin. Aprendió el lenguaje oficial de la iglesia desde un rincón, escuchando a los sacerdotes, a su padre sacristán, a su tío que era cura y a su hermana que fue monja. Con 6 años ya era monaguillo en Porzuna, allí llegó muy chico desde Arroba de los Montes donde nació el 22 de abril de 1925. Y de Porzuna con 12 a Viso del Marqués, municipio en el que Pedro Cañete, a quien todo el mundo respeta y quiere, es una auténtica institución. Pedro el sacristán tiene 93 y lo es desde los 14, cuando empezó con don Francisco Poveda y con su padre. Ahora está cogiendo el relevo su hijo Gabriel.
Pedro es organista, un hombre de música, de gentes, de no callar, de conocer y encandilar a sus vecinos y a los turistas que pasan cada año por la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción para contemplar su belleza y el cocodrilo disecado que al pueblo regaló Don Álvaro de Bazán. Fue cazador en los campos de Montiel y de esa manera y con otras tantas faenas alimentó a sus dos hijos. La memoria no le falla pese a su avanzada edad, ha conocido a decenas de sacerdotes y ha recibido centenares de cartas con su imagen desde Alemania, Italia o Francia. «Me hacían fotos y me las enviaban dedicadas con los himnos de sus países para que yo los tocara». Tocó el órgano para Franco en la visita que hizo al pueblo en 1958, después para el príncipe y el rey.
En la iglesia ha pasado su vida, ni siquiera el ataque al corazón que sufrió en 2009 lo separó de su gran pasión, ni los cumpleaños de sus nietos ni las comidas en familia, según cuenta su hija Dionisia. «Siempre que hay un encuentro se va el primero, porque dice que la parroquia sin él no puede estar». Faltó los 15 días que estuvo ingresado y el mismo día de diciembre que recibió el alta regresó a la luz de su altar. Ahora lleva sin poder ser sacristán desde principios de año, que tuvo un nuevo bajón y es que no pasan en balde ni los años ni las penas del corazón. Hace algo más de un mes que perdió a su mujer, a Josefa, con la que ha compartido más de 70 años de una vida plena. «Pero yo en cuanto me entone y se me pase el mareo, vuelvo otra vez, la iglesia es mi vida».
Lo que hacía su padre lo hace ahora Gabriel. «Lo mío ha sido una vocación tardía, pero aquí estoy, toco el órgano como él, canto, atiendo a los turistas y apunto las misas». Tiene 63, vive con Pedro, al que cuida con la ayuda de su hermana Dionisia, ha trabajado hasta hace unos meses en la hostelería y ahora es el nuevo sacristán de Viso del Marqués hasta que su padre pueda volver. «Lo hago de muy buena gana, decir que soy su sustituto es una insolencia, porque mi padre es insustituible. Ha sido todo para nosotros, un ejemplo. Estamos muy orgullosos de él».
Iluminados por el de arriba
«Me llamo Lorenzo Baraja, tengo 78 años y soy sacristán de la parroquia de Santa María Magdalena de Malagón, por el de arriba». Lleva apenas 20 días operado de caderas, los que está faltando a sus tareas en la iglesia. Cartero de profesión y devoto por convicción, Lorenzo no perdió la fe ni siquiera cuando falleció hace dos años por culpa del maldito cáncer su mujer. «El de sacristán es un oficio que está desapareciendo, cada vez hay menos gente dispuesta a colaborar, porque esto es algo que si no se cree no se puede hacer, hay mañanas que yo echo cuatro horas y lo hago con alegría y fe».
Empezó de sacristán poco antes de marcharse al servicio militar y a su regreso y ya casado continuó. Ni sus 27 años en Valencia en Correos le hicieron desvincularse de su parroquia, donde regresó tras su jubilación al mismo oficio y con mayor vocación. Ya son 68 años colaborando en la iglesia. «Abro, limpio, cierro y preparo los ornamentos litúrgicos y ayudo en misa de ocho y media». Para Lorenzo, la iglesia significa mucho, todo, se ha criado en ella. «Mi madre era muy católica y me traía de pequeño, fui monaguillo. Murió cuando yo tenía 12 y cogí miedo a estar en casa y don Florentino Escribano, arcipreste de Malagón, me acogió como si yo fuera un hijo, comía y dormía en la iglesia y aquí crecí hasta que me fui a la mili», cuenta en la soledad de uno de los bancos de la ermita de la que sigue siendo guardián.
Es el único que sabe, en caso de necesidad, donde está el martillo, los clavos y los hatos de limpiar. Venera su templo como adora al Cristo del Espíritu Santo, el patrón. «Somos personas normales y corrientes, pero todo lo hacemos por el de arriba».
«En realidad lo que sientes es una llamada, el Señor te llama para que colabores en la iglesia». Así explican María del Carmen y Pilar cómo empezaron a llamarse sacristanas de Almagro, solas, en mitad del silencio y la solemnidad de la parroquia de San Bartolomé. Fue al confirmarse cuando María del Carmen Manzano empezó a pasar más tiempo en la parroquia. Desde los 18 hasta sus actuales 53 ha estado ligada a ella, como lo está también Pilar Díaz. Tiene 64 y es hija del que fuera sacristán durante 34 años del Convento de la Encarnación de las monjas de clausura. «Vivíamos allí y las misas eran a las siete de la mañana y si mi padre se dormía abría yo, ser ahora sacristana es como un homenaje a su trabajo, me acuerdo mucho de él. Me gusta servir a Dios y a los hermanos».

Son mujeres profundamente religiosas y sacristanas. «No tenemos hijos, estamos solteras, entonces podemos dedicar tiempo a la iglesia». Pilar más que Mari Carmen, que tiene una tienda de artesanía, de encajes de Almagro, y por lo tanto su dedicación no es tan plena como querría. «Nos turnamos, ayudamos al Señor y a la comunidad y al no intervenir el dinero el resultado es mucho mejor, así lo pienso yo. Es una manera de entender la familia, la convivencia, la vida». Son sigilosas en el altar, meticulosas en la colocación del misal, cabales hasta en el hablar, devotas de la luz.
Lejos de Almagro, en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Viso del Marqués suena la música de un órgano. Es Gabriel, está solo, esperando a los fieles y entonando una canción: Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre, en la arena he dejado mi barca y junto a ti buscaré otro mar. Solo en la luz.
Reportaje gráfico de Pablo Lorente www.pablolorente.com