En las comarcas aceituneras hay ruido de ramas partidas, se escucha el rugido de las grandes sacudidas, de la lluvia de olivas. Varios aceituneros del Campo de Montiel ponen voz a la recogida de antaño y de ahora. Es tiempo de aceite, de varear los olivos que hablan de tiempos remotos y de los que cae oro a plomo
Cuando el hombre agarra la vara, la batalla en la niebla está sentenciada. El olivo tiembla y cada sacudida suena a voces de tiempos remotos, a palabras en este y otros idiomas que cuentan las mismas historias. Se oye el motor que mueve enormes brazos de hierro que agarran y menean con fuerza el tronco de la vida, se siente el arrastre del fruto y las ramas por la tierra empedrada. Entre caminos intransitables de cantos que saltan y salen disparados con rabia al paso de las ruedas, el campo donde brota la semilla negra del oro líquido se extiende por mares de olivos vigorosos y polvorientos que fueron testigos impasibles de la peor guerra, la persecución y el renacimiento de una nueva era. En medio de todo recogen el fruto los aceituneros, que golpean una y otra vez con fuerza, con ganas, las mismas ramas. Es tiempo de aceituna. En el Campo de Montiel huele a picual, a hierbas aromáticas, a invierno y a pureza. Las cuadrillas de aceituneros salpican el monte y las laderas del pico sureste de la provincia. Con vistas a la sierra de Alcaraz y a Jaén, se alza inmenso uno de los reinos del aceite manchego. Las calles de Albaladejo, con un pie en Albacete y otro en Andalucía, están impregnadas del intenso aroma de la almazara, entran y salen tractores de la Unión de Santiago y San Miguel para dejar su carga. Es día de mercadillo, hay gente con carros de la compra caminando, haciendo corrillos. Entre el cielo y la tierra de un lugar en el que se mezclan dos acentos, se escucha la vida decientos de personas que han hecho del aceite su oficio y su beneficio.
«Aquí vive todo el mundo de la aceituna, somos 1.200 habitantes y 800 socios en la cooperativa, en la que se molturan más o menos cada campaña unos diez millones de kilos». Julio Rodríguez ha trabajado la tierra prácticamente desde los 13 años cuando su padre falleció demasiado joven, dejándole grabados a fuego a él y a su hermano que tenían que ser personas honradas, trabajadoras, sensatas. A su 68 años cuenta su vida en olivas, 3.000 tiene. «Ya no estoy para recoger, contrato a aceituneros para que lo hagan». En el interior de la cooperativa se escucha a unos y otros hablar de precios, de rendimiento, cantidad de cosecha, de lo que viven, conocen y saben. «Este año los árboles vienen cargados, se espera que sea una buena campaña, vendemos mucho a Italia y Francia y elaboramos nuestra propia marca».
En todoterreno, la única manera posible de atravesar el territorio colonizado por las olivas, comienza un viaje de vaivenes con vistas a centenarios abuelos de tres pies, olivos que han dado de comer a generaciones de vecinos de la veintena de pueblos de Montiel, que han sobrevivido en silencio al paso de los años y la miseria de los tiempos, las enfermedades, las heladas y las sequías. Julio no recuerda una época peor en la zona que la que vivieron hace más de tres décadas. «Vino una helada muy fuerte y se helaron todas las olivas y hubo que cortarlas, estuvimos cinco o seis años sin cosecha, se pasó muy mal». Tanto que mucha gente del pueblo tuvo que emigrar a otros lugares, entre ellos Mallorca, porque muertas las olivas, muerto el sonido de la vida.
a golpes y sacudidas. A unos cuatro kilómetros de Albaladejo, en mitad del silencio, el frío de la mañana y el aire que curte y espabila, quince aceituneros apalean los árboles y recogen el germen del oro. Bregados, con guantes, calzado y ropa ya del color marrón de la tierra, van cosiendo con sus manos, las redes de color negro y la maquinaria las hileras de cientos de olivos. Al frente de la cuadrilla está José Javier Jiménez, un joven agricultor del pueblo de 31 años y de pasado y porvenir en el campo. «Soy aceitunero, lo he mamado de mi familia que se ha dedicado a esto de siempre, de hecho enfoqué mis estudios por ahí, soy ingeniero agrónomo y cuando terminé de estudiar, al igual que mi hermano, tiramos hacia lo que nos gustaba».
Tiene su propia empresa de servicios, desde la que contrata a temporeros, los mismos cada año, para hacer la recogida de sus propios olivos y de quienes los contratan, la mayoría gente extranjera que cada año llega por estas fechas al Campo de Montiel a hacer la aceituna. «No es que los del pueblo no quieran trabajar en el campo, es que no hay suficiente para abastecer tanta demanda de mano de obra, por eso el temporero extranjero es tan necesario».
Abderrahim Tabet cumplió sus 18 años cogiendo aceituna. Es un joven marroquí de 25 que trabaja desde entonces para José Javier. Conoce el sector, maneja las nuevas herramientas y lleva ocho años por temporadas en la empresa. «Hago la campaña de la aceituna y luego vuelvo a Alicante donde vive mi familia, allí trabajo en un lavadero y cada año vengo aquí, son unos ingresos, esto me gusta». Cobra, como el resto, 50 euros el jornal y es parte de una de las numerosas cuadrillas que apalean los olivos sin descanso, la mano extranjera que recoge la aceituna de esta zona productora.
José Javier sube y baja del tractor, da órdenes, esto se hace así, esto no. Es el hombre del brazo mecánico que va agitando con brusquedad el árbol, provocando ese particular sonido del choque de hojas y ramas, mientras dos o tres hombres por olivo golpean con varas de fibra lo que queda prendido. Cuando acaban con todos los brazos de una oliva toca recoger la red. Entre varios la enganchan al quad que conduce Abderrahim con destreza y de esta forma se arrastra la recolecta hasta el tractor con la cesta.
La aceituna es su vida, no se ha dedicado a otra cosa ni ahora lo haría. Con 3 ó 4 años, José Javier ya jugaba a la sombra de los árboles a los que estos días le arrebata con sacudidas la aceituna que le da de comer a él y a su familia. Es el ejemplo de cómo la recolección ha cambiado, de cómo camina hacia la eficacia más salvaje. «Esto ha evolucionado mucho, sobre todo en la cantidad que se recoge al día, se ha mecanizado y aunque es pesado y cansado estar todo el día en el campo, no es tan duro como antes, el rendimiento es mayor pero el problema es que lo precios del fruto prácticamente están como antaño, esperemos que esta campaña venga bien». Lo que ahora dura entre 70 u 80 días hace décadas se extendía a lo largo de meses y meses de duro trabajo. Este año ha empezada algo retrasada, por lo que los aceituneros se meterán tranquilamente en febrero». El ruido de los motores acalla el de la vara «¡No le deis más que para cuatro aceitunas que quedan no merece la pena romper tanta rama!» se escucha entre árbol y árbol, entre risas de la cuadrilla, en medio del viento, el frío y la niebla a mil metros de altitud.
Varear es un oficio que se mama, se aprende y se repite. A Julio le enseñó Santos, su padre, antes de morir. «Nunca hay que darle al olivo de frente, hay que peinarlo para abajo como cualquiera nos peinamos, nunca hacia arriba para que no se hagan polvo las ramas porque al año siguiente es fruto que se pierde, y hay que evitar pisar las aceitunas que caen en las redes porque luego en la almazara no valen, los aceituneros tienen que ser cuidadosos con el fruto».
Julio sabe de esto como nadie, sobre todo de la recolecta de antes, en la que sólo intervenía la fuerza del hombre, en la que se arrastraban a mano los mantones cargados de oro, en la que tenían que varear con palos de madera más cortos que los de ahora y mucho más pesados. Eran jornadas a las que también acudían las mujeres de la familia, del pueblo, que eran las que se deslomaban después para recoger una a una la aceituna del suelo, la que caía fuera de la manta, porque toda valía y pesaba en la almazara para extraer el oro de la salud y la vida. Entonces, se escuchaban sólo voces, el sonido del esfuerzo, de la lluvia de aceitunas y el crujido de ramas.
La aceituna de antaño
«Antiguamente todo se hacía a mano, se cambiaban varias veces las mantas porque se vareaba primero un pie y luego otro, se penaba mucho, por el frío y porque no había maquinaria». Julio hacía a gusto lo que hacía porque su vida ha girado entre olivas, pero reconoce que era muy sacrificado. Salían temprano de las casas, con unas gachas en el cuerpo y vareaban hasta el mediodía, cuando paraban un rato para comer al calor de una fogata. «Muchas veces por el frío que hacía poníamos piedras en la lumbre y cuando quemaban las envolvíamos en un trapo y con eso nos calentábamos las manos entumecidas».
La campaña de recogida no ha hecho más que empezar en las comarcas aceituneras de la provincia con un buenas previsiones en kilos y un buen rendimiento del fruto. Julio observa el trabajo de la cuadrilla de José Javier, en unos días tocará que esas manos y esas máquinas sacudan sus olivas. Mira, piensa y cuenta lo que han cambiado las cosas, las maneras. «Ahora se trabaja mucho, pero es que antaño era peor porque a esas horas en el campo se añadía que todo era trabajo físico». El aceite corre por las venas y bombea el corazón de los hombres de la aceituna, hablan de sus olivos con devoción, aprenden el oficio por amor y convicción. Por eso Julio sentencia: «El día que tenga que dejar de venir al campo será complicado para mí. Estoy con achaques, pero me gusta salir, ver mis olivas y comprobar que están bien arregladas. Me da la vida».
De regreso, cerca del cortado de olivos de la familia de José Javier, ruge el tractor de Victoriano Rodríguez que a sus 83 años, y dicho por él, vive gracias a dios, muy bien. Echa el freno, deja la máquina encendida entre sus olivos, desciende con dificultad y camina lento y ladeado. Los años pesan. «El día que deje de venir al campo, me muero porque esto es es vida». Es agricultor y contrata también aceituneros para que le recojan las olivas, además maneja el tractor desde muy joven, pero sabe lo que era recoger el fruto con el burro o el mulo, cuando no había nada «más que mucha hambre». «Penábamos mucho, cuando yo era nuevo mi padre nos llevaba con la borrica a mí, a mi madre y a mi hermano a la recogida de la aceituna, pero ahora da gusto ver como trabajan con tantos adelantos y maquinaria».
Hay árboles de los que cae oro a plomo. Que hablan historias de antaño, cuentan leyendas y bailan con el viento. Es tiempo de aceituna, el momento de la gran sacudida, de que tiemblen los troncos y se escuche el idioma de las ramas y las hojas al varear.
Aceituneros from Pablo Lorente on Vimeo.